jueves, 7 de febrero de 2013

PICARESCA vs. SENTIDO COMÚN: Sr. Manuel Saco

Tengo unos amigos muy sensibles a los avatares políticos, a quienes en un año y pico de legislatura mariana se les ha puesto cara de acelga. Cuando les veo deprimidos entrar por la puerta de mi casa, dispuestos a sublimar sus desdichas en nuestras partidas de cartas nocturnas, con ese rictus de venir saturados por haber recibido durante el día por televisión dosis letales de los payasos oficiales haciendo declaraciones hilarantes y descorazonadoras a un tiempo en los telediarios, como Durán i Lleida, Urdangarín, Artur Mas, don Juan Carlos Primero y doña Sofía Después, Mariano y su club de payasitos, el ourensano Baltar, el castellonense Fabra o el farsante de Roma y sus vírgenes y demonios, todos preguntándonos a gritos cómo están usteeeeedes... a veces, por levantarles el ánimo, pincho en los canales de la caspa de las TDT, para echarnos unas risas y distendernos con el segundo más delirante espectáculo televisivo después del telediario de TVE o el de Intereconomía. En pequeñas dosis, por supuesto, porque hay que tener un cuidado extremo con el abuso de las drogas duras.

Como si tomasen el relevo de los presuntos noticiarios, por allí salen personajes extravagantes, de sexo indefinible, mal iluminados, como descoloridos por cámaras adquiridas en el todo a cien, con ese aspecto sospechoso de olerles los pies, que a bote pronto te hacen pensar que aquel disparate que estás contemplando no es posible, que estás asistiendo a una broma descomunal, de cámara oculta, como una parodia en la que supuestos videntes, llamados a sí mismos canalizadores de fuerzas astrales, expertos en Tarot o sanadores espirituales prometen felicidad sin cuento y soluciones a los problemas vitales más enrevesados a todo el que llama por teléfono a la emisora y paga por ello las cifras astronómicas que cuesta cada minuto de llamada (en las teles pornos se dice “cada minuto de mamada”). 

Según acabamos de saber por el Consejo Audiovisual de Andalucía, el 40% de las televisiones locales privadas están dedicadas a este tipo de contenidos, emitiendo algunas de ellas fuera del llamado horario infantil protegido (de 22 h. a 7h) en un bucle sinfín de ofertas absurdas de teletienda, de inventos del TBEO, y toda suerte de videncias y profecías. La Junta de Andalucía ha puesto estos hechos en manos de la Fiscalía por entender que algunos de estos programas podrían estar incurriendo en casos de estafa. Por lo que he creído entender, la denuncia por estafa estaría basada ¡en el precio que le cobran a los espectadores incautos por cada llamada, más que por la estafa de embaucar a una audiencia débil e inculta con promesas imposibles, presentándose como curalotodos y sanadores universales de cuerpos y almas!

Asombroso. Cierto es que están apareciendo casos de víctimas adictas a este tipo de telebasura que han endeudado todavía más sus ya empobrecidas economías familiares, incautos participantes en concursos cuyos premios no llegan jamás, mendigos de la fortuna, por lo que la fiscalía debería entender de oficio en el abuso. Pero eso no es más que una parte del timo. Lo asombroso de este asunto, como digo, es cómo algunos empresarios han sabido ver y explotar para su beneficio el nicho de negocio de toda esa humanidad doliente siempre predispuesta a creer, porque cuando la razón falla es sustituida por la fe, porque donde la evidencia se hace opaca brilla la videncia.

Ya el papa Ratzinger, desde su anterior oficio de inquisidor (¡el Santo Oficio, hay que joderse!) advertía a los católicos de que la competencia es muy mala para los negocios de las empresas que están acostumbradas a prosperar como oligopolios. A los suyos les recordaba que las únicas videncias válidas son las de sus santos, las únicas verdaderas profecías, las de sus profetas, que las religiones, y sobre todo la suya, tienen el monopolio de la insensatez, que si crees en Pablo de Tarso, aquel que enloqueció de una mala caída del caballo y del golpe creyó ver y oír a dios, no puedes creer al mismo tiempo en la Bruja Lola. Son negocios incompatibles.

Vale que se respeten las demás religiones (bueno, no todas: sólo las que pueden desencadenar una tercera guerra santa, digo mundial) por aquello de que entre bomberos no se pisan la manguera, como entre puteros no se pisan la polla, pero los demás videntes, profetas y lectores de cartas de Tarot, que en lugar de leer la Biblia y el Camino de Escrivá de Balaguer como dios manda interpretan dibujitos cabalísticos... esos no, esos no son de este gremio, son intrusos que perturban las normas del mercado y detraen dinero de los cepillos de sus iglesias.

No deja de tener coña que por ley se pretenda apartar a los niños de la visión dañina de esa comedia de falsos profetas y adivinos, cuando por la mañana sus padres les habían llevado a catequesis donde otros cómicos, de no mayor talla intelectual, vestidos de saya negra, hacen creer a los niños que son capaces de encerrar en un trozo de pan, la hostia bendita, vamos, al mismísimo dios, gracias a unas palabras mágicas no menos graciosas que el abracadabra pata de cabra de los farsantes de la competencia televisiva.

La Junta de Andalucía, si fuese consecuente, debería tomar nota del estado de indefensión en que se encuentran nuestros niños, y pedir también a la Fiscalía el cierre de todas las iglesias y colegios religiosos donde se llena la cabeza de fantasías a una población infantil inmadura, indefensa ante tanta agresión, a la que amedrentan y torturan psíquicamente con falsos infiernos, a los que engatusan con la promesa de falsos paraísos y premios celestiales que nunca llegan, como en esos concursos de la TDT. Una organización de falsos profetas y adivinos mucho más dañinos, que se han enriquecido a la sombra del poder, ricos a nuestra costa sin necesidad de que gastemos nuestro dinero llamándoles por teléfono, pues ya nos cobran al nacer y durante el resto de nuestras vidas metiendo el cazo en los Presupuestos Generales del Estado.

No se sabe de ninguna organización de brujas, adivinos, sanadores, canalizadores de fuerzas astrales, o expertos en Tarot que se hayan conjurado en ningún momento de la historia para asesinar, robar, sojuzgar y violar a sus conciudadanos con tanta dedicación y saña como la empleada por los curas de todas las religiones, especialmente la cristiana. A la Iglesia Católica los campesinos debían pagarle los diezmos, la décima parte de las cosechas, de tal manera que desde entonces el concepto de diezmar a la población pasó a ser sinónimo de abuso y sinrazón. Nada de bobadas de 3 euros por llamada para saquear las haciendas de sus seguidores necesitados de ayuda espiritual: fortunas enteras, levantadas en el lecho de muerte, pasaron al patrimonio de la Iglesia mediante la falsa promesa de una salvación eterna. Ese sí es un negocio redondo, ese sí es un abuso masivo, y no la minucia de la Bruja Lola.

Mientras las iglesias permanezcan abiertas, mientras sigamos subvencionando los colegios religiosos donde se perpetúa el adoctrinamiento de niños indefensos, mientras la legión de parásitos clericales continúe impunemente saqueando el dinero público, patrimonio de todos, difícilmente encontraremos razones morales para cerrar el circo de adivinadores y sanadores de las televisiones. Por mucho que la Bruja Lola y el farsante de Roma, hermanados en sus ritos estrafalarios y sus ropajes de comediantes medievales, nos provoquen risa y temor a partes iguales.

Manuel Saco

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Cada vez que mi racional alcanza el premiado tesoro de una cabilación del Sr. Saco, se proclama en mi humilde intelecto una jornada de prospectiva oscuridad.  La fuente de la realidad expresada con humor y sobrada ironía con la que colorea sus plasmados pensamientos para nuestro deleite, colma la sed de las metáforas que pueblan el transcurso del camino personal e intelectual evolutivo, las que configuran un proceso de autoengaño natural selectivo para la supervivencia de la propia cordura.  Gracias señor Saco, más que nada por regalarnos tanta verdad.
"Empecemos por cerrar las iglesias" contituiría un buen principio de cambio sin duda.  El pellizco del presupuesto de dinero público que cae en manos de la todavía viva inquisición sobrepasa la voluntad de cualquier españolito cumplidor con hacienda, estamos más que seguros de ello.  El resto, los que sí aportan decididamente, o tienen negocio derivado con el santo oficio o son tan más corruptos que el señor Bárcenas, tan de moda estos días.  Conste que no cito al "Empalmado" ni a ningún otro por razones de criterio selectivo o comparativo en cuanto a la escala del fraude de su operación de fraude.  
Con certeza, la enumeración de individuos que han estado siendo denunciados por la popularidad de la noticia que hoy se vende es del todo irrelevante si queremos evaluar, con cierta seriedad, el concepto de qué mueve a los que saquean nuestros bolsillos.  Pero lo cierto es que llevan realizando estos actos impúdicos desde tiempos tanto inmemoriales como inmemorables, como diría el amigo lingüísta con holgada precisión.
Pero ¿cree usted sinceramente que devolviendo la cordura y el sentido de la ética a la totalidad del pueblo español podríamos establecernos cerca de la idea del bien común? 
Imagino que tendemos a idealizar nuestra raza.  Por mucho que nos obstinemos no debemos olvidar que en nuestro venerado país de pandereta se creó la vanidosa picaresca en la época entre el Renacimiento y el Barroco. El género literario que dió nacimineto a la figura del pícaro, según la wiki expresa, el individuo de muy bajo rango social o estamento y descendiente de padres sin honor o abiertamente marginados o delincuentes.  Perfilándose como un antihéroe, resulta un contrapunto al ideal caballeresco.  Su aspiración es mejorar su condición social, pero para ello recurre a su astucia y a procedimientos ilegítimos como el engaño y la estafa. Vive al margen de los códigos de honra propios de las clases altas de la sociedad de su época y su libertad es su gran bien..
Le debemos mucho al Lazarillo de Tormes, le debemos el destino que para nosotros está consolidando el concepto del espavilado luchador que vulnera los caminos de la ética antes que sean, eventualmente, prostituídos por los auténticos gestores de la sociedad, los que forman parte de unos estamentos que la comunidad ha estructurado para construir, con aparentes garantías, una consolidada  agrupación social provechosa para todos, una reunión de seres que producirá de forma mecánica una mejora en su calidad de vida individual y colectiva.
 
 

viernes, 16 de marzo de 2012

PANOPTICON

Unfurling the Panopticon for
Total Battlespace Situational Awareness


The idea of the panopticon is due to the English utilitarian philosopher Jeremy Bentham. Utilitarians were the “modern” and “progressive” thinkers of the 19th century, ready to dispense with tradition and replace it with radical ideas of their own. While the basic idea of utilitarianism — that we should do what is best for the greatest number of people — is very much with us today, a lot of the other utilitarian ideas have fallen by the wayside. One of the interestingly eccentric ideas of the utilitarians was that of the panopticon, which Bentham described as follows: 
“A building circular… The prisoners in their cells, occupying the circumference — The officers in the centre. By blinds and other contrivances, the Inspectors concealed… from the observation of the prisoners: hence the sentiment of a sort of omnipresence — The whole circuit reviewable with little, or… without any, change of place. One station in the inspection part affording the most perfect view of every cell.”
Jeremy Bentham, Proposal for a New and Less Expensive mode of Employing and Reforming Convicts, London, 1798
The spirit of the idea of the panopticon was thus that of an advanced concept in penal reform — reformers are always focusing on the penal system, since this is filled with the people most perceived to need reform — but the reason that the idea of the panopticon is so well known today is that it was taken up by Michel Foucault and prominently discussed in his book Discipline and Punish.
In Foucault’s context, the panopticon is only secondarily a humane concept of penal reform. For Foucault, the panopticon is primarily a central exhibit in the development of the modern surveillance state in which bodies are observed, managed, regulated, and subordinated to regimentation and control that may be superficially humane but is at a deeper level a form of “bio-power.”
Here is how Foucault described the panopticon: 
“Hence the major effect of the Panopticon: to induce in the inmate a state of conscious and permanent visibility that assures the automatic functioning of power. So to arrange things that the surveillance is permanent in its effects, even if it is discontinuous in its action; that the perfection of power should tend to render its actual exercise unnecessary; that this architectural apparatus should be a machine for creating and sustaining a power relation independent of the person who exercises it; in short, that the inmates should be caught up in a power situation of which they are themselves the bearers. To achieve this, it is at once too much and too little that the prisoner should be constantly observed by an inspector: too little, for what matters is that he knows himself to be observed; too much, because he has no need in fact of being so. In view of this, Bentham laid down the principle that power should be visible and unverifiable. Visible: the inmate will constantly have before his eyes the tall outline of the central tower from which he is spied upon. Unverifiable: the inmate must never know whether he is being looked at at any one moment; but he must be sure that he may always be so. In order to make the presence or absence of the inspector unverifiable, so that the prisoners, in their cells, cannot even see a shadow, Bentham envisaged not only venetian blinds on the windows of the central observation hall, but, on the inside, partitions that intersected the hall at right angles and, in order to pass from one quarter to the other, not doors but zig-zag openings; for the slightest noise, a gleam of light, a brightness in a half-opened door would betray the presence of the guardian. The Panopticon is a machine for dissociating the see/being seen dyad: in the peripheric ring, one is totally seen, without ever seeing; in the central tower, one sees everything without ever being seen.”
Michel Foucault, Discipline & Punish: The Birth of the Prison, New York: Vintage Books, 1995, pp. 195-228, translated from the French by Alan Sheridan (translation 1977)
Several actual prisons were built on the panopticon model, but the larger point that Foucault is making is one of universal surveillance. This universal surveillance — the nation-state as all seeing eye, divinely omnipotent — is coming true in other ways — for example, the ubiquitous presence of cameras in public spaces — so that no one expects privacy any more as soon as they step outside the door of their home. People assume they are being watched, so by and large they conduct themselves as obedient citizens. (However, some comments on the recent riots in London have suggested that this policing-by-camera is ultimately ineffective.)
Another concept that has emerged from the milieu of surveillance is that of situational awareness. I was interested to discover that Wikipedia has quite a long and detailed article on situational awareness, which is, in that context, treated after a quasi-scientific fashion. Foucault would have been fascinated by this.

I won’t go into the details of situational awareness, but I will cite one definition specific to the strategico-tactical nexus: Fred Burton and Scott Stewart of Strategic Forecasting define situational awareness as follows: “Situational awareness is the process of recognizing a threat at an early stage and taking measures to avoid it.”

In Foucault’s discussion of the panopticon is has already gone these more recent discussions of situational awareness one better by recognizing that in the panopticon, “in the peripheric ring, one is totally seen, without ever seeing; in the central tower, one sees everything without ever being seen.” This condition I will call asymmetrical situational awareness. Once we are aware, as it were, of asymmetrical situational awareness, we can immediately see the role that perpetuating this asymmetry plays in successful military operations. 

Asymmetrical situational awareness is to recognize and avoid threats while posing an unrecognized and unavoidable threat in turn. If one can establish and maintain this enviable state of affairs, one can act with impunity, and acting with impunity, while unpleasant in the ordinary business of life, is the difference between life and death on the battlefield — as well as the difference between winning and losing.

The panopticon is a structure conceived to realize asymmetrical situational awareness, favoring guards at the expense of prisoners. What if we could unfurl the rigid structure of the panopticon and enjoy its surveillance benefits in the real world? I suggest that the technology to do this is not far away. A perfect realization of asymmetrical situational awareness is not likely, but something close to totality of surveillance would make an enormous difference.

A couple of days ago in Vulnerabilities of Vertical Lift I suggested that the vulnerability of large helicopters could be partially addressed by deploying drones in a miniaturized version of the combat air patrol that surrounds a carrier strike group, protecting the vulnerability of large, slow, and valuable aircraft carriers. After I suggested this, I realized that this idea would be generalized, extrapolated, and detached from any particular weapons systems, such as a large, slow, complex and therefore vulnerable helicopter.

Imagine, if you will, a flock of drones deployed throughout a battlespace. With technological improvements of the not-too-distant future, miniaturization could make these small enough to be difficult to see, and still have a high degree of sensitivity that even sophisticated radar systems now used to monitor the battlespace do not possess. A sensor network of this kind might hover over the ground between, say, ten and fifty feet — obviously, it could move, reposition itself, and realign itself as events within the battlespace dictated.

A robust suite of sensing technologies could include ordinary visible spectrum cameras, as well as infrared cameras (to detect body heat), “sniffers” that could (if close enough) detect various chemical, bomb, and propellent residues, microphones as several specialized types, motion detectors, and anything else that scientists could think of to monitor events on the ground. This would be like an “early warning system” for the more traditional battlespace agents of tactical engagement, by which I mean individual soldiers, troop carriers, fighting vehicles, tanks, helicopters, and fixed wing aircraft.

The first iteration of such a technology would be vulnerable and clumsy, but it should be easy to see how something like this, refined and miniaturized, could deliver something like total battlespace situational awareness, and since a sensing network like this could only be produced by technologically advanced nation-states, it would possess the same kind of asymmetry that nuclear weapons once had and fifth generation jetfights now possess in regard to air superiority. In the case of such an asymmetry, this flock of drones would give nearly absolute asymmetrical situational awareness.

The greatest vulnerability of a sensing network of this kind would be its networking and control, which if hacked and hijacked could be rendered useless, or, worse, turned against those who built it. Thus information security would be paramount in constructing such a sensing network. If any clever young hacker with a radio control system could break in, it would be useless. Presumably advanced encryption would be employed in the control network, with safeguards built in that would render the entire network useless if compromised.

The next step beyond a sensing network would be to arm the network itself, so that the flock of drones would not only be the surveillance equivalent of an all seeing eye, but the eye could eliminate any threats that it discovered.
A sensing network of this kind would not only be useful for purely military missions, but would also have obvious applications in peacekeeping operations. 




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